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Un buen viaje. Por Kevin Suárez



Un buen viaje, ese es el título de esta historia.


Todo empezó en un verano. Todos en la clase tenían planes: unos se irían de viaje a otro país, otros de campamento y algunos pensaban en fiestas, paseos o, simplemente, en dar algunas vueltas. Yo no tenía nada planeado, no tenía el dinero para viajar muy lejos y no me llevaba muy bien con los campamentos ni con las fiestas, solo quería tranquilidad. Tal vez haría el acostumbrado viaje por carretera con mi padre, que a muchos les resultaba aburrido, pero para mí era lo mejor.


Llegó el momento y con él mi preciado viaje; como siempre, alistamos todo en la camioneta y salimos a nuestro destino: una reservar natural. Era un sitio bastante lindo, quedaba cerca de un lago con agua cristalina, secoyas altas como un rascacielos y, durante la noche, gracias a la poca contaminación que había, podía verse un hermoso cielo estrellado.

Pero antes teníamos que pasar por varios lugares, realmente el viaje era mucho más entretenido que nuestro destino. Sonará un poco a cliché, pero es la verdad; nuestro viaje incluía tres paradas importantes: la primera, un café con temática de los años 50, en donde servían unos hot cakes increíblemente deliciosos, aunque a mi padre lo que más le gustaba era el café; luego, nos deteníamos en un mirador en el que se podía ver un gran valle; la última, la entrada de un parque donde estaba una estatua de un oso grizzli esculpido en el tronco de una secoya. Siempre nos deteníamos ahí para tomarnos fotos con el oso, en las que parecía que nos estaba comiendo. Después íbamos directo al lugar donde acampábamos. ‒Llegábamos en la noche porque su abuelo siempre se perdía ‒les contaba a mis hijos, mientras soltaba una ligera carcajada.


Entonces mi hijo me pregunto ‒papá, ¿y cuándo fue la última vez que hiciste ese viaje? Pues…hace como siete años ‒respondí‒, cuando me mudé del pueblo en el que vivía. Además, llegó un momento en que tu abuelo ya no podía hacer viajes tan largos. En eso, mi hija, entre lágrimas, me dijo que extrañaba al abuelo. Y con los ojos llorosos le dije que yo también, pero que él siempre estaría con nosotros mientras lo recordáramos. De repente, mi hijo, con una gran emoción, me propuso: ‒¿y que tal si para recordarlo hacemos un viaje como el que hacían tú y el abuelo? De esa forma cada verano lo recordaremos. Lo vi, y con una sonrisa en el rostro le dije que esa era una gran idea.


Días después, preparamos todo lo necesario y salimos a hacer nuestro viaje; no teníamos nada planeado, solo mis dos hijos, mi esposa, Google maps y yo. Y como en algún punto nos perdimos, el viaje me recordó a los que hacía con mi padre.

Ahora, gracias a mis hijos, la tradición se mantendrá en la familia por muchos años más.

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