Tictac. Por Yoselin Guerrero
- ccomuniacionescrit
- 10 feb 2021
- 3 Min. de lectura

Creo que este tiempo en el que hemos estado distanciados nos ha servido para cuestionarnos muchas cosas. Siempre he sido una persona muy reflexiva, observadora y analítica ante cualquier situación. De hecho, son más las cosas que entran en mi mente que las palabras que pueden salir por mi boca. Curiosamente, nunca me había tocado estar en medio de tanta incertidumbre, miedo, emociones encontradas, encierro y desesperación. Nunca había sentido tanto dentro de mí. Nunca había deseado con tanta fuerza que todo fuese diferente. Nunca había estado tan inmersa en una realidad sin movimiento. Nunca, nunca, nunca.
Desde que todo comenzó, habían sido días sin mucha emoción, pero una mañana, por alguna extraña razón, desperté con más ánimo de lo normal. Me senté en frente de aquel enorme cristal transparente mientras tomaba una taza de café con leche, como era costumbre en este bucle sin fin, observando la inercia con la que funciona el mundo. Cada día intentaba con más intensidad entender el porqué de todo esto y no hablo del que todos conocemos, sino de lo que hay más allá. Me quedé pensativa y con la mirada fija como si el reloj se hubiera detenido.
En ese instante mi madre, una mujer bastante perspicaz, atenta e igual de analítica que yo, se acercó hacia mí e interrumpió el silencio. —¿En qué tanto piensas, hija? —preguntó con voz suave. Me quedé callada por un momento y respondí —en lo vacío que puede ser el mundo, mamá, incluso estando lleno de personas. —Se sentó a mi lado y dijo —¿por qué dices eso? —Tomé un sorbo de café y la miré. Su cara de curiosidad me causó algo de gracia, creo que es un rasgo en el que nos parecemos mucho.
—Mira. —Señalé afuera de la ventana—. Hay un montón de gente caminando por las calles, manejando sus carros, cumpliendo con la misma rutina diaria que, probablemente a muchos, no los hace felices. A las personas les da miedo el cambio, se resisten a él. Les da miedo arriesgarse a hacer lo que realmente quieren. Piensan que después podrán hacerlo, porque vivirán para siempre. Esta situación en la que estamos es el claro ejemplo de que no podemos esperar tanto tiempo para empezar a vivir. Hay que aprender a disfrutar el día a día como si fuese el último y aceptar con optimismo las cosas que vengan, porque el movimiento es natural. Nunca sabemos cuándo el reloj se va a detener en nuestras vidas o cuándo nos tocará estar en una situación similar a la de ahora.
En ese momento dirigí la mirada hacia ella y vi pequeñas lágrimas corriendo por sus mejillas. —¿Por qué lloras? —pregunté terminando de tomar lo que quedaba en la taza. —Porque tienes mucha razón, vivimos como si fuésemos eternos cuando en realidad no lo somos. Creo que sería bueno que muchas personas pensaran así, que agradezcan lo que tienen y no se enfoquen tanto en lo que “necesitan” —respondió. Le sonreí y la abracé, ella me devolvió la sonrisa y nos quedamos por unos minutos sentadas mirando hacia ese lugar lleno de luz y armonía, donde muchas personas afirman haber encontrado la felicidad, pero también un gran misterio. Aquel que estaba lleno de incertidumbre y era la representación perfecta del equilibrio entre el bien y el mal, el caos y el orden.
Después de todo esto, me di cuenta de que el reloj no detiene su tictac y nunca lo hará. De que no es necesario planear tanto cada detalle de nuestras vidas y que deberíamos comenzar a hacer las cosas que realmente nos gustan antes de que sea muy tarde. Disfrutar con intensidad este efímero viaje, dentro de las posibilidades, junto a las personas que nos rodean y son importantes para nosotros. Seguir bailando con la vida, aunque a veces nos pise los pies. Puede sonar difícil de creer, pero tenemos algo realmente valioso, estamos vivos y con eso podemos lograrlo todo.




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