Siempre hay una primera vez. Por Ángela Rey
- ccomuniacionescrit
- 16 abr 2021
- 6 Min. de lectura

Siempre hay una primera vez. Y para un adolescente recién graduado de bachiller el día en el que empieza clases en la universidad es esa primera vez a la que le teme, pero también a la que espera con ansias. Muchos opinan que se parece al inicio de clases en el colegio, solo que ahora es el primer día de lo que será la preparación para convertirse en profesional, es el primer día para comenzar a indagar si la carrera escogida es la correcta, es el primer día de lo que será la vida por los siguientes cinco años.
Justo como en la escuela, se debe buscar amigos y formar un grupo en el que apoyarse, solo que ahora será más difícil. De niños la inocencia reinaba y lo importante era que la otra persona quisiera jugar y compartir; ahora se toman en cuenta la personalidad, el carácter, los valores, y en algunos casos hasta los estratos sociales. Sin embargo, la magia de la amistad puede cegar a las personas y hacer que se dejen llevar por la compatibilidad y el amor, uniéndolas con quienes nunca se hubieran imaginado. Esto fue lo que les ocurrió a tres chicas en su primer día en la universidad en el año 2014.
María Gabriela
María Gabriela era una adolescente rubia y alta de dieciocho años, graduada en un colegio privado del este de Caracas y admitida en la Universidad Católica Andrés Bello en la carrera de Comunicación Social con uno de los mejores resultados en la prueba de admisión.
Desde la noche anterior se sentía bastante nerviosa por su primer día, sin embargo, gracias al apoyo de su novio, Tomás, estudiante de quinto semestre en la misma carrera, pudo relajarse y sentirse más segura.
Al día siguiente, María se levantó de la cama minutos antes de que su despertador sonara, no había pegado un ojo en toda la noche debido a los nervios causados por el miedo a la idea de hacer nuevos amigos. Por su timidez, desde pequeña le había costado socializar y pensar en la necesidad de conocer nuevas personas le aterraba. A pesar de esto, se sacudió ese pensamiento y se preparó para lo que sería el primer día de los próximos cinco años de su vida. Siguió su rutina, se lavó la cara, se cepilló los dientes, tapó sus ojeras con corrector y cambió sus pijamas por el atuendo que había escogido desde la noche anterior.
Eran las seis y media de la mañana cuando su novio la pasó buscando. En el camino, Tomás le dijo que no se preocupara, que iba a conseguir amigos más rápido de lo que cantaba un gallo. María Gabriela respiró profundo y dejó de pensar en eso.
En un abrir y cerrar de ojos, ya estaban en la universidad. Tomás la guio al aula de clases, le deseo suerte y se despidió de ella con un beso. Ella suspiró y entró al salón; a pesar de quefaltaban más de diez minutos para que empezara la clase, ya no quedaban muchos asientos libres. Se dejó llevar por un impulso y se sentó al lado de una chica morena y delgada, cuya expresión era seria y hasta antipática. Sin embargo, María Gabriela se llenó de valentía y se presentó. La chica, con una voz que proyectaba seguridad, hizo lo mismo. Su nombre era Andrea, y para sorpresa de María Gabriela, luego de conversar por un minutos, resultó ser bastante simpática. Siguieron hablando y minutos antes de la clase, otra chica, de metro y medio y gordita, se sentó junto a ellas y las saludó. Su nombre era Fabiana. La saludaron y la involucraron en la conversación. A las siete en punto, el profesor entró al salón.
Andrea
Andrea era una chica morena y delgada, tenía 21 años, vivía cerca de la Hermandad Gallega, en Maripérez, y estudiaba Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela. Empezó a estudiar a los diecinueve años después de graduarse en un liceo cerca de su casa, pero luego de estar casi un año completo sin clases debido a los paros, decidió cambiarse de carrera y de universidad. Como la carrera de Comunicación Social era su segunda opción, se preparó y presentó la prueba de conocimientos de la Universidad Católica Andrés Bello en abril del año 2014. Fue admitida y le otorgaron una beca de trabajo después de postularse a un empleo en la parte administrativa de la universidad. Andrea no estaba tan nerviosa por su primer día, puesto que ya sabía qué se sentía al empezar clases, pero una pequeña parte de ella estaba inquieta; inquieta por querer dar una primera buena impresión, no a sus compañeros, sino a sus profesores y superiores. A Andrea nunca le había importado mucho tener muchos amigos, lo único importante para ella era ser la mejor en todo lo que hiciera y estaba nerviosa porque no sabía si podía ser capaz de superar el nivel de exigencia en su nueva universidad.
A pesar de los nervios, Andrea durmió bastante bien. Se despertó, gracias al sonido de su alarma, a las cinco de la mañana; se acicaló, se vistió y desayunó rápidamente para poder alcanzar el metro a tiempo. Como siempre, estaba repleto de gente, pero, por fortuna, ese día no hubo ningún retraso. Andrea llegó a la universidad y se dirigió directamente a su aula de clases; entró y tomó asiento en un puesto apartado del resto de los alumnos, no quería que nada ni nadie la distrajese. Sin embargo, mientras tomaba su libreta de apuntes, una muchacha rubia y alta que parecía estar bastante nerviosa se sentó a su lado. La chica se presentó y, a pesar de que Andrea no tenía las intenciones de hacer amigos, algo dentro de ella hizo que la saludara. Su nombre era María Gabriela, y aunque parecía un poco fastidiosa, Andrea se sintió feliz de haberla saludado, ya que era agradable. Conversaron, y minutos antes de que empezara la clase, otra joven de baja estatura y con unos kilos de más se sentó a su lado, las saludó y se presentó. Su nombre era Fabiana. Maria Gabriela le sonrió, Andrea asintió con la cabeza y la involucraron en la conversación. A las siete en punto, el profesor entró al salón.
Fabiana
Fabiana era una chica con unos kilos de más y de baja estatura, como siempre le habían dicho, era “metro y medio”, pero a pesar de su tamaño era una gran persona. Había logrado graduarse de bachiller con excelencia académica a la corta edad de dieciséis años y fue invitada a la ceremonia del “Top 10”, ya que estaba dentro de los primeros diez mejores resultados de la prueba de conocimientos luego de ser admitida en la Universidad Católica Andrés Bello en la carrera de Comunicación Social.
Fabiana estaba bastante nerviosa, pues iba a empezar su vida universitaria con solo dieciséis años, pero se sentía segura de sí misma y estaba lista para hacer amigos y lograr la excelencia en sus estudios. Se acostó pensando en que tendría un gran primer día.
En la mañana, el despertador sonó a las seis y media; para otros ya sería tarde, pero Fabiana estaba justo a tiempo, ya que vivía en Montalbán, a cinco minutos de su nueva universidad. En diez minutos estaba lista y a las seis y cincuenta entraba a su aula de clases. De inmediato vio a dos chicas conversando en la parte trasera del salón, y como ella no sufría de timidez, caminó directamente hacia ellas, tomó asiento y las saludó. Una de las muchachas se veía tímida y la otra parecía un poco antipática, sin embargo, luego de conversar con ellas, Fabiana se dio cuenta de lo agradables que eran. Sus nombres, María Gabriela y Andrea. Ellas la involucraron en la conversación. A las siete en punto, el profesor entró al salón.
Tres chicas de diferente edad, peso, altura, zona y personalidad, todas unidas por la emoción y los nervios de la primera vez, la primera vez en la universidad, la primera vez de volver a hacer amigos y sentir la magia de la amistad que encegueció a las chicas e hizo que se dejaran llevar por la compatibilidad y el amor, permitiéndoles formar una hermandad que nunca se hubieran imaginado; una hermandad que, sin saberlo, duraría hasta el 2019, el año de su graduación.




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