“Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Por Camila Martínez.
- ccomuniacionescrit
- 21 sept 2020
- 3 Min. de lectura
Cuando somos jóvenes y nuestras madres nos aconsejan es porque realmente “el diablo conoce más por viejo que por diablo”; sin embargo, es un dicho que no entendemos hasta que empezamos a darnos los golpes que nos prepara la vida. Mientras tanto seguimos creyendo que lo sabemos todo y que somos invencibles. La siguiente anécdota es un ejemplo de lo equivocados que estamos.

Un grupo de seis amigos estaban en los preparativos de sus vacaciones de carnavales. Durante una cena, entre conversas y risas, se hicieron la pregunta de cuál sería el destino de dichas vacaciones. Luego de analizar y evaluar posibles locaciones, dieron con el Parque Nacional de Morrocoy. Todos estaban muy emocionados y ansiosos porque llegara la fecha, aunque faltaba poco. Empezaron a planificar dos semanas antes, ya era un poco tarde. Sin embargo, la persistencia de un joven que se va para la playa puede ser incluso más fuerte que un huracán.
Cada integrante del grupo tenía una tarea distinta: Arianna se encargaría de las cenas; yo, de los desayunos; los chicos del grupo se ocuparon de las bebidas y Andreina de conseguir la estadía, trabajo que hizo eficientemente porque la noche siguiente a la conversación sobre nuestras vacaciones ya teníamos tres opciones de lugares donde nos podíamos hospedar. El primero era un apartamento un poco alejado de la playa, pero muy bien equipado; el segundo, una casa un poco vieja que contaba con el espacio perfecto y estaba mejor ubicada que la opción anterior; el tercero, sin embargo, parecía ser el lugar ideal para nosotros: una casa cerca de la playa con piscina, parrillera, todas las comodidades y lujos. Lo que más nos impresionó fue el increíble precio que estaban pidiendo por el alquiler.
Realmente no entendíamos cómo ese lugar podía ser tan barato y contar con tantos beneficios, incluso muchos más que las otras opciones y por la mitad del precio. Pese a ello, los seis estuvimos de acuerdo y concretamos la decisión: ese iba a ser el lugar de nuestras vacaciones. Las condiciones del alquiler eran un poco sospechosas, pero, como buenos jóvenes, no les prestamos atención a esos detalles. Uno era que debíamos pagar por adelantado, lo cual hicimos apenas el señor Javier (nombre de la persona que nos rentó la casa) lo pidió.
Ya con el hospedaje listo, todo lo demás lo resolvimos en un santiamén. Cercana la fecha del viaje, me reuní una tarde con Arianna para tomarnos un café y algo me llevó a preguntarle “Ari, ¿no te parece muy raro el precio de esa casa tan lujosa, y para los días de carnaval? ¿No será una estafa más bien?”. Ella me respondió “no chica, no seas pavosa, nada de eso”. Me quedé tranquila. En ese momento pensé que podía estar siendo un poco fatalista.
Llegó el día, nos encontramos en casa de Arianna y emprendimos nuestro camino a lo que pensábamos que iban a ser las mejores vacaciones de nuestras vidas. El camino se nos hizo increíblemente corto; entre cuentos, risas, música y chistes llegamos mucho más rápido de lo que creíamos, tanto así que entrando a Morrocoy casi se nos olvida llamar al Sr. Javier para avisarle que ya estábamos muy cerca, y que estuviera prevenido.
Uno de los chicos tomó el teléfono celular y procedió a llamar al señor. Para sorpresa de todos, don Javier no nos contestó. Seguimos insistiendo, pero todos fueron intentos fallidos. Finalmente, llegamos al sitio y le preguntamos al portero por el señor Javier. La respuesta del portero le dio un giro de 180° a nuestros carnavales soñados. Con mucha seriedad nos dijo “Ese tal Javier es uno de los estafadores más grandes de Morrocoy, ustedes son las segundas personas a las que estafa hoy”. En ese momento ninguno le creyó al portero; tanto era nuestro asombro que lo tomamos como un chiste, e incluso se nos salió una carcajada, que duró lo mismo que demoró el portero, con mucha formalidad, en decirnos que no se trataba de un chiste, que era totalmente en serio, y que él nos podía conseguir un apartamento en los edificios al lado, pero, obviamente, por el doble del precio. Llegados a ese punto, nuestras mentes estaban nubladas y no veíamos otra opción viable, por lo tanto, accedimos a la propuesta del portero.
La parte más difícil de toda la situación era llamar a nuestros padres para contarles lo sucedido y, para más ñapa, pedirles más dinero para pagar otro alojamiento, pero era lo que teníamos que hacer. Cada uno hizo la respectiva llamada. Cuando volvimos de hablar con nuestros padres, comentamos que a todos nos dijeron lo mismo “¡Te lo dije!”, pero gracias a Dios nos ayudaron y pudimos resolver.
Lo importante de lo que nos pasó es que seis jóvenes inconscientes aprendimos nuestra lección y entendimos que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.




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