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Las cadenas de la vida. Por Chiquinquirá Loaiza F.


La cadena que les contaré a continuación comenzó en el año 1926, cuando mi bisabuela Ana Julia Volcán abrió los ojos por primera vez en una muy humilde casa cerca del río Capanaparo, por el alto Apure. Ella compartió techo con otros once hermanos, tantos que sus padres no se daban abasto, por lo que se tenían que cuidar entre ellos. En alguna parte dentro de la línea de tiempo de esta historia mi bisabuela, sus hermanos y sus padres tuvieron que huir de esa casita donde vivían, ya que una tribu indígena de la zona los amenazó y los corrió de su propio hogar, motivo por el cual trasladaremos el escenario de nuestro relato a la capital del estado Barinas, donde se establecieron posteriormente. Cada quien hizo su vida y, como era costumbre de la época, las mujeres se casaban

y comenzaban a tener hijos muy jóvenes.


Haré una pausa para hacer una breve explicación. Al principio dije que les contaría acerca de una cadena que está a punto de comenzar, ya verán por qué. Ana Julia era una muchacha preciosa, graciosa, de buenos modales y costumbres muy finas que jamás fueron consonantes con su origen humilde y campesino, sin duda era muy llamativa para el ojo masculino. A pesar de eso no fue sino hasta los veintiocho años de edad cuando tuvo a su primera hija; obviamente esta niña debe tener un papá, el señor Oswaldo Rodríguez, muy guapo y caballero, rasgos que sin duda captaron la atención de Ana Julia. Oswaldo y Ana se casaron, y en el año 1956 nace Dalia, mi abuela. No podría decir que fueron una familia muy feliz, porque los problemas entre la pareja no tardaron en llegar, y con ellos el divorcio.

Dalia creció con una madre soltera y un padre casado con una mujer que no podía ni verla, estos factores influyeron para que ella madurara muy rápido y comenzara a adoptar responsabilidades de gente grande. Heredó la gracia de su madre y lo buena moza de su padre, lo que también la hizo muy llamativa para los caballeros de la época. Hay un dicho un poco cruel que reza ‘’hombre no es gente’’, y en algún punto Dalia lo verificó. A sus veintidós años pasó por una experiencia cuya consecuencia fue su primera hija, Daliana, mi mamá.


Ahora un dato curioso, Daliana es la mezcla entre el nombre de mi abuela y el de mi bisabuela. Esta niña risueña nació y creció sin un padre a su lado, tanta fue su ausencia que ella y yo ni siquiera llevamos un apellido de sangre, sino uno prestado. Ustedes podrán preguntarse ¿cómo es eso de un apellido prestado? Ya les voy a explicar. Para el momento en que mi abuela quedó en estado había una ley que decía que cualquier empleada pública que saliera embarazada sin antes estar casada iba a ser despedida de su trabajo, por lo que Dalia optó por contraer matrimonio con un primo lejano simplemente para darle un apellido a mi mamá y conservar su empleo. Esta unión no duró mucho, ya que no provenía del amor, y este señor tampoco hizo las veces de padre para mi mamá, puesto que no compartieron mucho. Por un tiempo fueron Ana Julia, Dalia, y la bebé Daliana contra el mundo, hasta que mi abuela decidió casarse de nuevo con un hombre llamado Lucas, el papá de mi tía ‘’Nina’’. Otra unión fallida. Él también era de esos hombres que no llegaban ni a ser gente: mujeriego y rumbero. No muchos años más tarde mi abuela decidió darse otra oportunidad en el amor con el hombre a quien yo llamo ‘’mi abuelo’’. Tampoco fue sencillo, pero ellos decidieron no rendirse y sacar adelante a su familia y a los dos varones que luego tuvieron. Sin embargo, él jamás trató a mi mamá y a mi tía como hijas propias, cosa que hacía la convivencia difícil e incómoda.


Cualquiera creería que llegados a este punto Daliana tendría problemas de falta de confianza con el género masculino, y la verdad es que no. Ella siempre se ha caracterizado por ser una mujer independiente, y cada día busca ser una mejor versión de sí; pero, lamentablemente, la cadena continuó con ella. A sus veintidós años conoció a Juan Carlos, sí, mi papá. Ambos hacían una pareja adorable, pero para mi mamá no fue fácil estar con él porque, cuando ellos se hicieron novios, mi papá ya tenía una hija con otra mujer. Él también era un hombre muy fiestero, y por lo guapo siempre tenía mujeres alrededor. No sé si le fue fiel a mi mamá, pero me gustaría creer que sí. Ellos se casaron, y en el dos mil dos tuvieron a su primera hija, o sea yo. No tengo recuerdos de haber vivido con mi mamá y mi papá bajo el mismo techo, porque aproximadamente un año y medio después de mi nacimiento ellos se divorciaron. Así como Ana Julia de Oswaldo, y como Dalia de esos tres hombres que la dejaron.


Actualmente Ana Julia está enterrada en un cementerio en Barinas, falleció hace catorce años de demencia senil; Dalia es viuda, su último gran amor falleció hace diez años y ella decidió dedicar su vida a su familia y a la oración; y, por primera vez en la vida, Daliana y yo estamos separadas por un inmenso océano. Hace doce años ella decidió creer de nuevo en el amor y formar una hermosa familia de la cual me han hecho partícipe. Hoy día podría decir que somos todas muy felices. Ellas fueron mujeres lastimadas y denigradas por el género masculino, pero cada generación se hizo más fuerte, sabia y prudente que la anterior.


Y aunque esa es mi cadena, aunque ese es mi karma, soy la llamada a cortar con esa energía. En cuanto a ti, lector o lectora, llévate un aprendizaje: hay que cortar las cadenas de dolor que no nos pertenecen.

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