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Falso Positivo. Por María A. Gouveia




Recuerdo con nostalgia aquel 23 de enero de 2019, sin exagerar, se me ponen los ojos aguados. Eran las 5:30 a.m. cuando preparaba mis arepas, las de mis tíos y mis dos mejores amigas. En ese momento estaba mi madre por un lado diciéndome «¿Estás segura de que quieres ir? Es tu primera vez en una marcha, me da miedo dejarte ir». Y yo, con el corazón acelerado, con la adrenalina a mil, con una felicidad que no me cabía en el alma y un poco de miedo le dije «Mami, quiero ir, sinceramente, porque siento que valdrá la pena y debemos apoyar esta causa, es una gran oportunidad, es una nueva cara, una nueva idea, así que deja la angustia que todo va a estar bien».


Estando listo todo lo que necesitaba, llegaron mis tíos. No puedo olvidar sus sonrientes caras, me trajeron una gorra de RCTV, me la puse, me despedí de mi madre y nos fuimos a buscar a mis amigas. Ya todos juntos decidimos agarrar un taxi hasta la avenida Francisco de Miranda en Caracas en donde estaba la tarima. Llegamos a buena hora para acomodarnos bien y así poder ver de cerca al hombre que revivió nuestras esperanzas. Estar ahí era histórico para mí, era la primera vez que algo me motivaba a participar, sentía renacer en mí y en muchos la esperanza de ver a un país levantarse y ser feliz.


Mientras se acercaba la hora de llegada de Juan Guaidó, veía con mucho entusiasmo las expresiones de las personas que escuchaban las distintas consignas, y, extrañamente, sonreía sin parar. La gente estaba tan contenta que hablaban sin conocerse unos a otros. ¡Era para mí un encuentro de tantas emociones! Vi y sentí el país que he soñado tener desde que tengo uso de razón. Al pasar las horas se fue llenando la avenida y fueron apareciendo los distintos representantes de los partidos políticos, de la sociedad civil, de los estudiantes, artistas, pero todos pedíamos a gritos a Juan Guaidó, ansiábamos verlo.


¡APARECIÓ! con una bandera en la mano derecha y la constitución en la izquierda y a mí SE ME ERIZÓ LA PIEL. Escuché con atención cada una de sus palabras, sus propuestas, lo aplaudí y por primera vez CREÍ. Junto a él todos juramos luchar por un mismo objetivo, apoyarlo y trabajar en pro de lo que se buscaba, la gente repitió a todo pulmón cada palabra de ese compromiso que él asumió al proclamarse como presidente interino de Venezuela. GRITÉ, grité tanto que se me fue la voz. El himno nacional comenzó. Todos retiramos nuestras gorras, yo me paré firme y con las manos detrás de la espalda canté con todo el orgullo del mundo. Cuando finalizó el último «Gloria al bravo pueblo», no pude evitar las lágrimas. Mis tíos felices, mis amigas felices, yo llena de esperanza. La gente comenzaba a moverse y de pronto una señora gritó: «El gobierno de Estados Unidos ha reconocido a Guaidó como presidente de Venezuela». Simplemente dije, en voz alta, «¡Man, vamos a ser libres!


¿Qué va a pasar ahora?». NO PASÓ NADA. Mi esperanza se apaciguó, mis tíos dejaron de creer, se fueron. De mis amigas solo me queda una. NO se imaginan este guayabo. Solo espero volver a confiar y volver a hacer arepas para los seres que más amo y que hoy están a kilómetros de nuestro país.

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