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En un muy lejano pueblo. Por Sarah Abboud


–Ya pueden bajarse –indicó el conductor del autobús al detenerse en la parada. Las personas bajaban, en orden, observando el lugar al que habían llegado. Había tomado tres horas de viaje estar allí: desde la ciudad de Homs hasta este pueblo llamado, en su traducción, “La madre de los pozos de agua”, situado en el suroeste de Siria, cerca de la frontera con Jordania. Era un pueblo casi desértico, no muy lindo a la vista. Esa fue la primera impresión de Salma sobre aquel lugar desconocido que muy pronto se volvería familiar para ella.


Salma era nueva en su trabajo como profesora, pues estaba recién graduada; daría clases de inglés a los niños de primaria. Con el tiempo se adaptó al cronograma, viajaba todos los días de la ciudad al pueblo y del pueblo a la ciudad, cuando terminaba de cumplir con las horas acordadas. Los niños la adoraban, no era como las otras maestras: viejas y obstinadas; quizás eso alegraba más al estudiantado: su extrovertida y apasionada forma de enseñar, su cariño por los pequeños y, sobre todo, los principios y la moral que siempre imponía. Sin embargo, esa forma de ser le traía problemas; era un tormento esa mujer para los padres de los niños: iba en contra de las costumbres e ideologías que regían allí. Y lo fue más luego de que uno de sus alumnos le contase la razón por la cual Yamili, una niña de doce años y la mejor de la clase, había faltado. La noticia le impactó: la niña se casaría con un hombre de la tercera edad, porque ya le había llegado la regla y eso significaba que estaba lista para cumplir su propósito de ser mujer. La rabia la poseyó y se desató un problema entre el director y ella.


–¡¿Qué ella qué?! –Explotó de la rabia ante la noticia–. ¡Apenas es una niña! ¿Cómo lo van a permitir?


No podía creer que a nadie le impactara la noticia como a ella. Fue entonces cuando el director, en un intento de apaciguar la situación, dijo:


–Señorita Salma, aquí la gente vive así. No se entrometa, por favor.


–¿Que no me entrometa? –preguntó, incrédula–. Es mi alumna, yo soy la responsable de ella. Eso es inaceptable e ilegal para una niña de su edad. No me voy a quedar callada –luego de enfrentarse con el director, llamó a la policía y entregó una carta, firmada por la escuela, explicando el crimen que se estaba cometiendo ante sus ojos. A los pocos días al padre de la niña lo encarcelaron por unos cuantos meses y la niña, sabiendo lo que hizo su maestra por ella, la abrazó con fuerza.


–Gracias, maestra –expresó, con lágrimas recorriendo sus cachetes.


En “La madre de los pozos de agua” se vivía una realidad que superaba la ficción y los cuentos de horror. Salma no estaba acostumbrada a vivir así, en un lugar donde la mujer no tenía ningún valor, donde el intercambio de una joven vida por una cantidad de dinero o cualquier otra cosa que sirviese para subsidiarse era recurrente, y la explotación infantil estaba normalizada; tampoco podía aceptar que otros vivieran así, menos sus niños. Además, aquella situación la había tomado por sorpresa y le desgarraba el alma. Desde entonces se prometió que protegería la dignidad y derechos de sus alumnos.


Los meses pasaron y dio sus clases normalmente hasta terminar el ciclo académico. En ese lapso no volvió a escuchar noticias como la de Yamili, pero sí supo que algunos de sus alumnos faltaban a clases porque los padres los mandaban a trabajar en el campo o a encargarse de llevar pedidos a las ciudades. No pudo hacer mucho por eso más que aceptarlo de mala gana; pero siempre para recompensar las faltas enseñaba un poco más de lo establecido, y hasta los ayudaba en las otras asignaturas. “Lo importante es que estudien, estudien mucho”, decía siempre en el salón de clases.


Luego de las vacaciones, una vez más tuvo que adaptarse al cronograma y conocer a sus nuevos estudiantes. Para su grata sorpresa, los niños del ciclo anterior la visitaban, “la extrañamos mucho, maestra”, decían entre pucheros y abrazos. Salma estaba muy conmovida por el cariño que le tenían, y los recibía con los brazos abiertos todas las veces que la iban a ver. Disfrutaba hablar con ellos, porque los niños llegaban con chismes para contárselos. No obstante, notó algo a medida que la visitaban: Fátima, una alumna del ciclo anterior, nunca los acompañaba, por lo que, curiosa, preguntó:


–¿Qué saben de Fátima? ¿Por qué nunca viene con ustedes? –Los niños se miraban, extrañados, como si les impresionara que la maestra no supiera el por qué.


–¿No lo sabe, maestra? –dijo un niño, luego de un momento–. A Fátima la casaron. En las vacaciones.


Esas palabras le cayeron como un balde de agua fría por todo el cuerpo. No, no podía ser… La niñita dulce, inocente, y de once años apenas, estaba viviendo una pesadilla. Las lágrimas luchaban por salirse, pero aguantó un poco más.


–¿Ah, sí? Y, ¿con quién?


–Ay, maestra, ¡con un viejo! Se parece a mi abuelo –soltó ahora una niña, riéndose por lo último que dijo. Salma asintió con la cabeza lentamente, tratando de procesar todo. Luego de un rato se despidió de los niños y siguió con su día. Sin embargo, no dejaba de pensar en Fátima. A los días averiguó dónde vivía su exalumna y en su descanso decidió ir al lugar. También había averiguado otra cosa: sus padres la habían vendido, aceptando doscientos dólares a cambio.


El caso empeoraba cada vez más. Al ver la casa se le partió el corazón en mil pedazos; el vidrio roto que había pisado se asemejaba al sonido de su corazón. Ni siquiera era una casa, solo era un cuadro de 2x2 con paredes de bloques, una puerta, una ventanita al lado de esta y tenía un pedazo de zinc por techo. En su impotencia, decidió llamar a Fátima y, para su suerte, se encontraba allí.


–¡Maestra! –gritó la niña desde la ventana. Las lágrimas se le escapaban del rostro al ver a su maestra–. No sabe cuánto la extraño.


–Yo también, mi niña. –En ese momento a Salma se le quebró el alma. Se encontraba afligida al ver a Fátima así–. ¿Cómo estás? ¿El viejo está aquí?


–No, no está. Tengo miedo. No quiero estar aquí, no me gusta.


–Escápate.


–No puedo, el viejo cierra la puerta con candado siempre. –Hizo un puchero. Sus grandes ojos color aceituna se veían cristalizados e inundados por las lágrimas. Salma le siguió preguntando, desde afuera de la ventana, hasta que la conversación culminó en un triste adiós. Un adiós para siempre.


–Sigue leyendo tus libros, Fátima. Nunca dejes de hacerlo, en algún momento ese viejo se morirá y podrás seguir con tus estudios, ¿sí? –La niña asintió-. Cuídate mucho, mi amor.


Salma se retiró y, al voltearse, las lágrimas le cayeron como chorros de agua. No se permitió volver a voltear la cabeza, sabía que si lo hacía rompería cada pedazo de esa casa con tal de sacar a la niña, pero no podía, sabía que era tarde y eso le destrozaba cada fibra de su ser.


–¡Súbanse! –comunicó el chofer del autobús. Las personas estaban reunidas en la parada para dirigirse a Homs, de vuelta a sus casas. Esta fue la última parada de Salma, se había despedido de todas las personas del colegio; su trabajo ya había culminado allí y tocaba marcharse. Pasaron los años y más nunca supo algo sobre Fátima, Yamili o de ese lugar, aunque llevó retratado en su consciencia el lamento de no haber podido cambiar el destino de aquella jovencita y, por supuesto, el doloroso recuerdo de lo que alguna vez pasó en ese lejano pueblo.

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