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El balcón. Por Ana Cavalieri


El reloj marcaba las 18:00 cuando el agua terminó de hervir, el café estaba listo. Marie retiró sus castaños cabellos de su cara y los domó en un moño completamente desordenado. Su cuerpo, tan delgado que sus huesos parecían chocar y sonar cuando caminaba, se movió rápidamente hacia la olla expectante que ya empezaba a salpicar agua por todos lados. La joven retiró lentamente la olla con una mano mientras apagaba el fuego de la hornilla con la otra para luego verter el líquido en la cafetera, que en algún pasado momento había funcionado a la perfección, pero, víctima de tanto uso, terminó siendo un elemento decorativo que apenas funcionaba. Al colar el café y limpiar terriblemente la olla se sentó en la mesa de su balcón con un cuaderno, siempre en blanco, y un lápiz. Faltaban pocas horas para la entrega y aún nada, las palabras parecían recelosas, se alejaban de ella, le huían. Hacía semanas que sentía que su cerebro estaba en su contra, ­­“el bloqueo no puede durar mucho tiempo”, se repetía para tranquilizarse, pero las dos semanas de retraso, los veintidós correos de la editorial en su computadora y el ultimátum de la misma no parecían apoyar esa idea. Marie nunca había estado tan nerviosa, sus labios rojos temblaban mientras los apoyaba en el borde de la taza, dejando marcas de labial desiguales.


Considerada un prodigio de la poesía, sentía que su amiga, su confidente, su esencia la había abandonado sin despedirse siquiera. La poesía parecía haberse drenado por sus poros hasta no quedar nada. Las lágrimas comenzaron a inundar su café cuando decidió asomarse al balcón y por las calles encontró una escena digna de presenciar. La noche, manto oscuro que resguarda las pasiones más hermosas, así como los secretos más oscuros, hoy parecía no ser más que el fondo de una preciosa fotografía, las luces resplandecían y los locales sonaban, la vida abundaba en esas calles. Detalló con lentitud y parsimonia todo lo que ocurría a su alrededor: el viejo café de la esquina nunca había estado tan iluminado, bombillos colgaban del techo sobre las mesas, mientras las personas aplaudían a la saxofonista que tocaba un repertorio de Frank Sinatra, en ese momento sonaba una versión preciosa de Fly me to the Moon; en la floristería que se encontraba al lado un hombre de unos cincuenta y cinco años hablaba animadamente con la mujer que la atendía, parecían discutir sobre un ramo que el hombre sostenía. La mujer tomó unas tres rosas del montón y a última hora se las agregó al ramo, el hombre sonrió ampliamente, agradeció con su mano y entró al café. Al levantar la mirada Marie observó un balcón con una luz prendida donde una pequeña cola se movía, sus ladridos se escuchaban, muy bajos, pero se escuchaban. Y así Marie observó, local por local, balcón por balcón, todos los momentos que guardaban las calles durante la noche. Observó mujeres hablando por teléfono, parejas disfrutando comidas, amigos caminando juntos riendo por las calles. Tenía años sin asomarse por el viejo balcón, tantos que al abrir las puertas las bisagras parecían cantar una ópera. Justo cuando se disponía a entrar a su casa, acostarse en su cama a llorar y terminar por resignarse a su inminente despido y al final de su joven carrera, Marie observó al mismo hombre del puesto en el café lanzándole las 3 rosas a la saxofonista mientras esta tocaba la última pista de la noche y recibía todos los aplausos, luego procedió a entregarle el ramo completo y a besarla dulcemente, ella recogió su instrumento y ambos salieron abrazados hasta el edificio del frente, subieron y pronto la cola que se movía en el balcón desaparecía, corriendo hacia la puerta, para recibir a sus dueños que entraban cargados con un saxofón y un ramo de rosas. Marie sonrió ampliamente y al ver el reloj se sorprendió, marcaban las 3:00 de la mañana. Las horas volaron mientras por el balcón observaba la belleza del ciclo de la vida. Así, casi como magia, la noche trajo todas las musas y rápidamente se fueron pintando cuadros sobre sus páginas blancas, las palabras parecían brotar de ella, encajarse y estructurarse solas. Al terminar, sin una página blanca en el cuaderno, Marie sonrió. De nuevo en su balcón miró hacia la calle, ahora iluminada: el café, el puesto de flores, el balcón de la pareja y su taza de café completamente embarrada de labial. Agradeció a la noche, a Frank Sinatra y al café, y se alistó para salir a la editorial.


Versión libre de un hecho real

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