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Día de protesta. Por Sarah Abboud



No puedo dormir. El reloj marca las cinco y treinta de la mañana. Hoy es el día de morir o seguir luchando. Espero a que sean las siete para irme; cuando el reloj indica la hora esperada, salto de mi cama con un bolso sobre mis hombros con todo lo que necesitaré. Ignoro las quejas de mi mamá diciéndome que estoy buscando que me maten. “Si no lo hago yo, ¿entonces quién?” ‒respondí, salpicando de rabia las palabras. Salí; las tiendas cerradas, el metro también. Las calles aún vacías, pero pronto sentirán el peso de la resistencia, el peso de la desesperación, la euforia, el miedo y la venganza.

Los pasos, pesados. El corazón se acelera y lo único que se cruza por mi mente son mis propias palabras de aliento: enfréntalos sin miedo, Carlos. Enfréntalos y más nada. Llego al lugar, mis amigos llevan puestas camisas sobre sus caras, cascos y guantes. Me apresuro y saco las cosas de mi bolso y en segundos ya soy uno más de ellos. Nos agrupamos y el mayor nos indica instrucciones de lo que debemos hacer y cómo actuar en caso de que lo peor empiece.

La marcha toma su rumbo: cincuenta personas vamos caminando por la autopista, cien, doscientas, pierdo la cuenta. El clímax iba aumentando, las voces ensordecían mis tímpanos, la ira nos controlaba. “¡Perdigones! ¡Cuidado!”, dijo alguien que iba al frente. Los gritos aumentaban. Se empezaron a dispersar mis compañeros. La adrenalina tomaba las decisiones. Corro hacia el frente, preparo la bomba molotov, estiro el brazo para ganar fuerza y miro a los colectivos que, sin titubear, nos disparaban. Todo pasa tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar: una explosión estalla en mi cara y lo último que recuerdo es sentir mi cabeza chocar contra el pavimento. No hay sol, no hay gritos ahogados, no hay rostros… Solo oscuridad.


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Nos encontrábamos mis hijos, mi esposo y yo comiendo unas arepitas con queso cuando de repente los ruidos de la gente en la marcha estallaron afuera de nuestra ventana. Miro a mi esposo, preocupada por lo que pueda pasar. Matías, el mayor de mis hijos, se levanta y se dirige a la ventana a curiosear. “Dios mío…”, dijo mi hijo, con asombro. “¿Qué pasa, Mati?”, me levanto de la silla y me paro a su lado. Lo que mis ojos presenciaban hacía que aumentase mi miedo: gente corriendo, guardias lanzando bombas lacrimógenas, jóvenes lanzando piedras y mucho, mucho caos. Era un campo de batalla, una guerra entre los oprimidos y los opresores. Las manos me empiezan a temblar. El sonido de una bala disparada retumba en mis oídos y me sobresalto. Cierro con rapidez la ventana y halo a mi hijo lejos de esta. “No te asomes más, qué sabes tú si una de esas balas termina en tu cara o el humo te termina ahogando” ‒le digo exaltada. El resto del día se resumió en momentos de silencio, orar a causa del miedo y encerrarse en un cuarto cada vez que regresaban los gritos, los disparos y el temblor que causaban las tanquetas. En la noche, junto a mi esposo, nos pusimos a leer en Twitter las noticias. Calles destruidas, heridos, asaltos… y un muerto. Abro el detalle del tweet y leo: “Carlos, un joven de dieciséis años de edad, murió tras recibir impacto de perdigón en su rostro. Será recordado como un héroe que luchó por una mejor Venezuela, ¡qué no sea en vano su muerte!”. Un escalofrío recorre por mi cuerpo y me es inevitable soltar lágrimas de impotencia. ¿Hasta cuándo nuestros muchachos tendrán que

sufrir?


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Ser parte de la Guardia Nacional no era sencillo: a veces tenía que lidiar con las decisiones que causaban disgusto; otras, calarme el centenar de personas insultándome, a causa de su odio y furia hacia los uniformados. ¡Pero cuidado si mostraba un ápice de debilidad o arrepentimiento!, no estaba escrito en el manual del buen guardia, es inaceptable. No comprendo a esas personas, ¿qué logran con levantarse en contra nuestra? ¿La tan buscada “libertad”? No entiendo qué libertad buscan, si lo único que consiguen es salir heridos o muertos.

Hoy no fue la excepción, la parte difícil de mi honrado trabajo apenas comenzaba. Recibimos órdenes claras de lo que se haría hoy: asustar al pueblo, demostrarles quién manda. Por mi boca se desliza una sonrisa y poso mi mano sobre el hombro de Armando, mi fiel compañero; aunque últimamente está raro: es más callado, ya no se ríe de mis chistes… Ay, ojalá no sea lo que creo que es. Cada guardia se equipa de lo necesario: chaleco antibalas, lacrimógenas, escopetas de aire comprimido y demás protecciones. Dan la señal de salida y arrancamos rumbo a la manifestación. En minutos se oye la maravillosa orquesta: insultos, golpes… Un grupo de guarimberos nos lanza piedras y bombas improvisadas; me bajo del vehículo junto con Armando y cargamos las escopetas con perdigones. Primer tiro, se empiezan a dividir. Va el segundo, tercero… Luego un chamo cautiva mi atención, en vez de haberse echado para atrás, corrió hacia nosotros con una bomba molotov. Reacciono rápido y me preparo para ubicarlo. “¿Qué vas a hacer?”, pregunta mi compañero, “¡es asustarlos, no matarlos!”. Apunto y… “¡Es un niño apenas!”… Disparo. El chamo se desploma en el suelo y siento un leve hormigueo en el dedo. “Así entienden más rápido”, respondo. Si no les enseño yo, ¿entonces quién?

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