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Decrescendo. Por Ruth Tirado.


El reloj despertador sonó estrepitosamente al marcar las 5:00 a.m., pero él ya estaba despierto. Llevaba aproximadamente una hora lidiando con una terrible migraña mientras se asomaba por la ventana, observando la oscura calle con rastros de llovizna. A su izquierda había iniciado una colección espontánea de colas de cigarro, los cuales había consumido repasando mentalmente cada aspecto de la difícil conversación que debía entablar en unas cuantas horas. De esta dependería el futuro de su familia, de su carrera y de su vida en general.

No sería fácil convencer a la junta de no revocarle su licencia de aviación, pero se sentía raramente confiado. No tenían pruebas en su contra, y mucho menos un testimonio confiable. ¿Quién se creía esa simple azafata para intentar dañar su reputación? Ya se lo haría saber. Nadie se mete con Manolo Tirado.

La mujer que hacía solo un momento se encontraba en la cama le había dado la vuelta a la misma y, con un fuerte suspiro, apagó el despertador.

—¿Te mataría tener un poco de consideración, Manolo? -dijo, volviendo a su lado de la cama. Su tono de voz era suave y en lo absoluto demandante, pero con un destello de exasperación. Probablemente como resultado de haber reiterado esta petición de distintas formas al menos una vez al mes desde su boda, años atrás.

Manolo ignoró a su mujer, como solía hacerlo. Al principio ni siquiera lo hacía a propósito, pero luego del segundo año de casados se vio a sí mismo intentando provocar alguna reacción de su parte. Su padre siempre le había dicho: «Hijo, búscate a una esposa que no te joda. Mira que cuaimas hay de sobra ¡y uno no está pa güevonadas!».

Sin embargo, después de un tiempo se volvía agotador tener a una esposa que no expresara su opinión. El restaurante, la cena, los momentos de intimidad; todo debía decidirlo él, y su esposa lo haría. Pero Manolo no quería tener que decidir por ella. Quería ser sorprendido, desafiado. Quería poder deshacerse de ese frío, hondo y aterrador que le impedía sonreír y le ahuecaba el estómago. También quería una familia. Niños corriendo por doquier, llenando el punzante silencio de la casa. Pero, después de un tiempo intentando, ya había perdido la esperanza de lograrlo.

Desde entonces empezó a hacer pequeños gestos para provocar a su esposa: desde dejar la tapa del inodoro arriba, hasta llegar más tarde a casa, en búsqueda de algún tipo de fuego que pudiera avivar su matrimonio y, quizás, darle un heredero. Había escuchado de otro piloto que a veces las mujeres no quedan en cinta por falta de pasión. Es decir, tenía que ser eso, ¿no? Agarró la chaqueta del perchero y se la pasó por encima de los hombros.

—Que te vaya bien hoy —dijo Carolina, quien ya se había incorporado. No esperaba una respuesta, pero no sabía cómo no ser amable—. Te dejé la maleta hecha, por si te llaman…como estás de guardia.

Manolo la miró por primera vez en quién sabe cuántos días. No era mala mujer, la verdad. Sin embargo no la soportaba. «¿Que me vaya bien hoy? Ni sabe qué voy a hacer hoy», pensó. Tampoco es que le había dicho, para ser justos. Tomó otro cigarro del paquete y lo encendió. Tras unos largos segundos, respondió:

—Estoy suspendido. Esperando investigación. —Tras otra pausa, tomó el pomo de la puerta y, le dio la espalda a su mujer—. No es nada grave; una azafata creyó que ascendería si hacía de topo para la compañía. Solo tengo que hablar con la junta y me levantan la suspensión. Vuelvo para almorzar.

Carolina lo observó en silencio. Antes de que pudiera responder, Manolo salió por la puerta. Las lágrimas le colmaron los ojos de un segundo a otro, pero no se atrevían a bajar por su cara. Se hundió poco a poco en su cama, amplia y fría desde ya incontables madrugadas. Después de tanto esconder, botar e incluso vaciar los anaqueles más cercanos, su esposo había conseguido mantenerse pegado a la botella. Había fallado como esposa nuevamente. Y ahora todo el mundo lo sabría.

***

—¡Brindis! Propongo un brindis por mí, por mí y por mí, otra vez. —Manolo exclamó con una sonrisa de lado.

—Mi compadre —respondió su amigo, entre risas—, no creo que el Congreso de la República, a las 9:00 de la mañana, sea un lugar apropiado para ese brindis. Además, pensé que ya no tomabas, compadre.

—Bueno, compa, pero es de vez en cuando. Además, no todos los días uno se reúne con un viejo amigo.

—Hablando de eso… ¿A qué debo esta visita?

Manolo consideró por un momento su respuesta. Sí, habían decidido no revocarle su licencia de aviación, pero le habían “instado con urgencia” a que buscara ayuda. Obviamente no creía necesitarla, se sintió humillado con la sugerencia. Prefirió ocultar el verdadero motivo de su visita por los momentos.

—A decir verdad, amigo mío, se trata de Carolina. De verdad no sé qué más hacer para reavivar la cosa. —Sí, mejor cambiar el tema.

—Bueno, mi compadre, entiendo tu situación. Tal vez lo que haga falta es que te luzcas con ella. El mes pasado, la nena estaba tan distante que no me hablaba. Dijo algo sobre no valorarla o quién sabe qué. —Manolo volteó los ojos en solidaridad. ¡Mujeres!—. Entonces esta joven que trabaja en la oficina me sugirió que le llevara un retrato, ¡de esos que son a mano! Y te digo, mi esposa se volvió loca con tan solo un detalle de aniversario. ¡Ah, señorita Benita! Justo le estaba comentando a mi compadre lo mucho que le gustó a mi esposa su dibujo. ¡De verdad tiene usted unas manos mágicas! —dijo su amigo, sonriéndole a la joven.

Benita agradeció el cumplido, sin devolverle la sonrisa. Sus ojos, ya oscuros, se ensombrecieron como reacción al cumplido. Manolo la miró con curiosidad. Había algo hilarante en esa reacción.

—Pues ciertamente es fascinante. ¿Qué tengo que hacer para que me dibuje, señorita? —le preguntó.

Benita alzó la mirada hacia él. Por un momento, todo se paralizó. Qué dureza, qué actitud en solo una mirada. Con una fuerza en la voz que no le había oído a ninguna mujer, Benita le respondió:

—Para empezar, debe saber que solo realizo las comisiones con un pago adelantado. No vaya a ser que después de tanto trabajo no me pague. Luego, solo me da la fotografía de referencia y en una semana tiene su retrato. ¿Señor…? —respondió, manteniendo el contacto visual.

—Tirado. Manolo Tirado, pero puede decirme Manolo. —dijo este.

Debía admitir que estaba impresionado con su carácter, probablemente porque, en contraste, su esposa rara vez demostraba algún rastro de tenerlo. En tan solo unos segundos, esta mujer había demostrado tener más sangre en las venas que Carolina. Al día siguiente, le entregó un sobre con el dinero y la foto que pedía para realizar el retrato. Por una semana esperó pacientemente, hasta llegar al día en el que recogería su retrato. Por supuesto, el retrato era lo que menos le importaba ver. Había algo en la brusquedad de Benita que le resultaba hipnótico. Ella lo estaba esperando en el vestíbulo del Congreso, como había dicho al aceptar su encargo. Recibió el dibujo en sus manos y lo apreció por unos segundos. Verdaderamente era un excelente trabajo.

—Bueno, en efecto es un trabajo grandioso. Pero me temo que hay un problema. —Manolo le sonrió, tanteando su respuesta. La joven lo miró de arriba abajo, en busca de una explicación.

¿Un problema? Con todo respeto, señor Manolo, pero ¿cuál es exactamente ese supuesto problema? —interrogó Benita, con un aire desafiante.

Vea usted, no puedo aceptar una obra de arte como esta habiendo ofrecido tan poco dinero. Al menos permítame brindarle algo para agradecerle. ¿Qué le parece una cena?

No sabía de dónde provenía este entusiasmo, pero disfrutaba las miradas iracundas que Benita le lanzaba. Benita lo observó, sorprendida. No era tan ingenua como para pasar por alto los avances del piloto. Pero también sabía que este estaba casado. Con una mirada castigadora, demasiado inusual para alguien de su edad, pero no de sus vivencias, respondió:

Claro. Si a su esposa le parece bien —dijo, enarcando las cejas.

La sorpresa cambió de huésped, ahora en la cara de Manolo. Esto fue todo lo que hizo falta para convencerse a sí mismo de conquistarla. Por semanas le llevó flores y la bañó con cumplidos, sabiendo que esto la irritaría, pero disfrutando cada reacción. En cuestión de meses, había dejado a su mujer y le había propuesto matrimonio a Benita. Esta había aceptado, con la condición de que se mudaran a una casa donde pudiera oler las montañas. Para finales del año, ya estaban esperando el primero de dos bebés que tendrían.

***

La puerta del bar cerró estrepitosamente detrás de Manolo. Ya era la segunda vez que lo echaban del establecimiento. Y ahora debía volver a casa con su esposa, sin trabajo y con las manos vacías. Ese día volvió un poco antes de la caída del sol. En lo que llegó a la cerca, escuchó como sonaban a todo volumen esos violines que solo aumentaban su migraña.

—Apaga esa música, se oye desde el patio -dijo apenas entró por la puerta.

Benita lo miró sin inmutarse. Se acercó al reproductor y bajó ligeramente el volumen, pero el crescendo era palpable. Como pudo logró llegar a la silla del comedor y se desplomó sobre esta. Cubrió su rostro con una mano y dejó caer ruidosamente la otra sobre la mesa.

—Te dije… que apagaras eso. —Abrió los ojos y vio directamente a su esposa.

—¿Se puede saber dónde has estado estos dos días? —respondió esta sin titubear.

Se miraron por unos segundos. Él sabía que no tenía sentido evadir el tema, pues la respuesta era la misma que en anteriores veces. Pero también estaba harto. ¿No le había dicho ya mil veces que detestaba ese ruido, y que solo empeoraba su migraña? Además, ¿no sabía ya que después de tomar le gustaba tener la comida caliente en el plato? Qué egoísta. Escuchó las palabras de su padre como si lo tuviese justo al lado: «La mujer lo tiene que servir a uno. Que no se anden con una preguntadera, o si no… ».

La sangre le hervía dentro de la cabeza. Sabía que no debía escuchar a la voz de su padre, pero esta se volvía cada vez más fuerte. «La gente necesita disciplina de la dura, muchacho. Ya ves cómo me saliste tú, derechito». Algo se revolvió dentro de sí.

—Última vez que te lo digo. Apaga esa música de una vez —hablaba de manera pausada mientras sacaba el cinturón de su pantalón, sin romper el contacto visual. La pequeña Marina irrumpió en la escena sin tener idea de lo que sucedía.

La visión repentina de su hija lo dejó paralizado. Se vio reflejado en ella y en sus ojos que no entendían lo que sucedía. La cabeza le daba vueltas, al igual que el estómago. Tenía demasiada adrenalina, y la voz de su padre no dejaba de retumbar en su cráneo. «Pégale, muchacho. A menos que seas un cobarde».

—¡Que no soy un cobarde! ¡Cállate! ¡Cállate! —Manolo se cubría la cabeza entre las rodillas, aun con el cinturón en la mano.

—Nadie está diciendo eso, Manolo. Hazme el favor y cálmate, estás actuando como un loco.

En lo que pronunció esa palabra no hubo vuelta atrás. Sus fosas nasales se ensancharon con ira. Su mirada iba en dirección a Benita, pero no la veía. Frente a él solo estaba el hombre que había hecho de su infancia un infierno. Y al parecer seguiría atormentándolo hasta que acabara con él. Con la mirada nublada por las lágrimas, el odio y la impotencia, arremetió contra su tormento. Esa noche, luego de que Manolo le dejara la marca del cinturón a un costado de su barriga, Benita tomó su decisión. Aprovechando que su esposo había vuelto al bar, hizo una maleta para ella y Marina. Subió al baño y tomó las tijeras del cajón. Se amarró su cabello en una cola de caballo y, con la mirada fija en su reflejo, cortó por encima del elástico. Al volver, Manolo encontró la cola de caballo sobre la mesa, junto con el anillo de Benita.

***

En el bar de siempre, Manolo veía al vacío. La gente a su alrededor bebía y festejaba, pero él no sentía nada. Vivía sin apetito, pero con un hambre infinita. Había aire, pero nunca podía llenar los pulmones. No es como que veía la vida de color gris, pero los colores no tenían importancia. ¿Qué es un rojo sin la pasión que representa? ¿O un amarillo en la ausencia de su propia risa?

En la mesa había un venado. Sus brillantes ojos, abiertos y permanentemente petrificados, lo miraban con angustia. Para cuando se dieron cuenta, el ojo de venado ya se había atorado en su tráquea, privándole de aire el tiempo suficiente para acabar con su vida.

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