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Bellas y castigadas. Por Jeaneth Márquez


-Se fueron ahorita, hace 2 minutos -dijo el recepcionista del hotel.


Imposible, pensé. Miré a Sofía, mi mejor amiga y con quien compartía habitación. Tenía una expresión tranquila, mientras que a mí me estaba dando un ataque de rabia, porque yo no había pagado para eso. Estábamos en el lobby del hotel, listas, pero abandonadas. Sofía se había ido a caminar, yo opté por sentarme y repasar mentalmente todo lo que estaba pasando. El mensaje había sido claro una hora antes: todos los graduandos deben estar a las 8:00 p.m. en el lobby para ir a la discoteca en la playa. Sofía se bañó primero, mientras yo veía qué me iba a poner. Escogí una braga. Cuando Sofía salió del baño, entré yo apurada, puse música mientras me bañaba y al terminar, me vestí rápido, porque mi teléfono marcaba las 7:28 p.m. y no habíamos cenado.


-Amiga, ¿te peino? -preguntó Sofía, ya vestida, mientras prendía el secador de pelo.

-Primero me maquillas -le dije y, de repente, todo se volvió oscuro. Se había ido la luz.


Revisé mi teléfono, le quedaba poca batería y no tenía señal. Lo dejé tirado en la cama.

Luego de pensar si era mejor estar desarregladas o muertas de hambre, Sofía y yo bajamos por las escaleras de emergencia hacia el comedor del hotel, donde sorprendentemente no había nadie conocido. Mientras comíamos, había vuelto la luz.


-Vámonos a terminar de arreglarnos, ya tenemos algo en el estómago -dijo Sofía y yo solo me quedé viendo mi plato que estaba más lleno que vacío-. -Dale pues, apúrate.


Miré el reloj de agujas del comedor, faltaban 15 minutos para las 8:00 p.m., había tiempo de maquillarme y peinarme. Metí la mayor cantidad de comida posible en mi boca y Sofía y yo salimos corriendo a los ascensores, donde nos encontramos a dos amigos y un guía.


-¿Ya comieron? -les pregunté.

-No, pero ya estamos listos ¿por qué ustedes…?

Se cerraron las puertas del ascensor, que se paró tres veces antes de llegar a nuestro piso, y al abrirse, Sofía y yo corrimos por el largo pasillo hasta nuestra habitación. Al entrar, se volvió a ir la luz.


-Esto se cuenta y no se cree -dije riéndome para no empezar a llorar.


Estrés, tenía mucho estrés. Agarré mi teléfono y activé la linterna para que Sofía me maquillara un poco. Agarró la base y se le resbaló. A continuación, todo el piso estaba bañado de maquillaje. Sofía me miró con los ojos llenos de lágrimas porque toda su ropa también se había ensuciado.


-Vístete mientras yo me peino, no importa -le dije.


Sofía puso la linterna de su teléfono y ahí estábamos ambas en acción. Me hice una trenza, me maquillé como pude y se apagó mi teléfono.


-Terminé -dijo Sofía agarrando un perfume, cuando su teléfono también se apagó.

-¿Viste la hora? -pregunté-. Mejor vámonos ya.

-Ya va, no me siento bien. -Sofía corrió y yo solo pensaba en que quería irme de ahí.

-¡Mete las cosas en la cartera! -gritó desde el baño.


Hice lo que me pidió y conté en mi cabeza tres minutos hasta que salió. Bajamos por las escaleras a oscuras hasta el lobby, pero al llegar, ya era tarde. Ahí estaba, en el lobby rodeada de velas y adultos con caras desconocidas. Empecé a buscar a Sofía con la mirada y, sin darme cuenta, ella ya me había agarrado la mano para ir a la entrada del hotel.


-Nos vamos -dijo con seguridad.

-¿Para dónde?

-Conseguí un taxi, son 7$ -dijo Sofía- ¿tienes un billete de 5?

-No tengo ni la culpa -le dije.


Sofía me presentó con el taxista, un señor calvo de unos cuarenta años, margariteño, marcado por sus típicas bermudas y camiseta. Cuando este fue a buscar el carro, empecé a discutir con Sofía. Sí quería ir, pero me daba miedo montarme con un desconocido en un carro y ninguna con teléfono. Al final, me convenció.

Nos montamos en el taxi y todo el trayecto estuvimos agarradas de la mano. El señor nos contaba su vida y nosotras le preguntábamos fríamente por los detalles. Al llegar, vi de lejos una cola de gente fuera de la discoteca, estaban contando a todos.


-Miren, de verdad fueron buena compañía, no me paguen nada -dijo el señor Manuel.


Sofía y yo le agradecimos por todo y bajamos corriendo para ubicarnos de últimas en la fila de graduandos. El guía que habíamos visto antes en el ascensor de camino al comedor nos vio y sonrió. Venía hacia nosotras.


-Hazte la loca -me aconsejó Sofía.

- Mis niñas -saludó-, de 200 personas solo faltaban ustedes dos, ¿qué hicieron?


Sofía se encargó de explicarle. Al final yo no quería montarme en ese taxi. Al terminar, el guía nos miraba sin rastro de molestia.


-Bueno, se ven bellas -sonrió -, pero más bellas se verían en un avión a Caracas-. Dejó de sonreír. -Eso que hicieron está prohibido, están locas -dijo molesto-. -Se van.


Y nos fuimos.

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