Apötöpök e'day. Por Bárbara Medina
- ccomuniacionescrit
- 4 ago 2021
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Ocho voluntarios decidimos emprender un recorrido de siete días del que no volveríamos siendo los mismos. Diferentes carreras, edades y personalidades, pero lo que resaltaba era la disposición de todos a servir. El destino: una comunidad indígena en medio de la nada. Los recursos eran escasos: linternas, hamacas, platos que solo contenían carbohidratos.
A petición de la capitana realizamos jornadas de desparasitación, actividades recreativas y de reforzamiento escolar con los más pequeños, y acompañamiento, talleres de alcoholismo, sexo y drogadicción con los adolescentes. Tomamos bastante kachiri, aprendimos un poco de pemón taurepán y establecimos un vínculo inexplicable con la comunidad, que perdura hasta el día de hoy a través de correspondencia. Dos días antes de nuestra partida quisieron agradecernos llevándonos de paseo a la Quebrada de Jaspe que quedaba a cinco kilómetros de Santa Cruz de Mapaurí.
Las noches estrelladas de la Gran Sabana eran la parte más bonita de la jornada, el calor de los días, por el contrario, vaya que era insoportable. El asfalto de la única vía que atravesaba el parque Canaima podía llegar a calentarse hasta los setenta grados. Caminar a la Quebrada de Jaspe desde Mapaurí a plena media tarde fue muy difícil para los que no estábamos en forma, pero la disposición de gran parte de los habitantes de la comunidad de ir con nosotros lo valía.
Jefferson, uno de los chicos, de aproximadamente ocho años, destacaba entre todos; es sobrino de la capitana, sus ojos, mucho más achinaditos que los de los demás, irradiaban travesura, su distintiva camisa roja y pantaloncillos verdes para recibir a los hermanos misioneros se hacían presentes todas las mañanas a primera hora.
Sus zapatos se habían roto tres meses antes y no había podido encontrar otros. La planta de sus pies estaba quebrada y comida por las niguas (parásitos de tierra), y así él jugaba futbol, subía arboles, iba al colegio y a la capilla; y así él caminó cinco kilómetros de ida y vuelta con nosotros sin alguna queja. De las pilas de donaciones de ropa y zapatos le probamos varios pares y ninguno parecía quedarle. El calzado más usado por la comunidad eran cholas tipo crocs envejecidas, porque eran versátiles tanto para el río como para el campo, y sabíamos que eso era lo que Jefferson quería. Se veía incómodo con los únicos zapatos deportivos que conseguimos y eran de su talla. Recordé que dentro de mis bolsos mi hermanita había metido sus propias donaciones y cuando deshice la maleta ahí estaba el par que tanto habíamos buscado. Le quedaban perfectas y todos sentimos que lo habíamos logrado.
Su sonrisita nerviosa mientras negaba con la cabeza nos confundía, parecía tener una batalla mental entre sus valores y lo que quería. No fue hasta que Gabriel, uno de nosotros, se agachó enfrente de él y le dijo “Está bien, son tuyos” que Jefferson abandonó el bochorno y sorpresivamente atrapó entre sus brazos la cabeza de Gabriel. “Apötöpök e'day” (“te quiero” en lengua pemón), dijo mientras me miraba, y eso fue todo lo que necesité para saber que ahí donde estaba, estaba bien.
La comunidad estuvo llegando al colegio donde nos quedábamos durante todo el día para dar su Wakupe kru´man (“muchas gracias” en lengua pemón). Los niños y sus padres vestían algunas de las prendas que les habíamos regalado, nos traían su kachiri más añejo, fresas, dibujos, piedras hermosas que sacaban los hombres de las minas, casabe de yuca y ornamentas de barro.
Recordar siempre me hace sentir orgullosa de ser voluntaria, me reafirma que los que menos tienen son los que más dan.




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